Marchando una de amor
Cada vez se avanza más en el conocimiento del cerebro, y eso, lejos de simplificar las cosas, aumenta el misterio del comportamiento humano, como quien se adentra en una cueva, la explora y al regresar a la boca de luz tarda en reconocer el mundo, Hay quien rechaza la idea última de misterio. Tengo un amigo que, en casos de duda, golpea con los nudillos en la cabeza y proclama: ¡Convéncete! ¡Todo es química!.
Y entonces uno imagina el pequeño cerebro como un inmenso complejo de producción, con miles de alquimistas trabajando en sótanos enlazados por pasadizos, mezclando pócimas en tubos humeantes. ¡Va una de odio! ¡Calentita la cólera! ¡Marchando la resignación! ¡En su punto la perplejidad! ¡Unas gotas de alegría, señor Cerebro!
El amor, por supuesto, también es química. Ya lo dice el lenguaje de la calle: hubo química, funcionó la química... Y lo contrario. Por ejemplo, Aznar y Arzalluz nunca se enamorarán el uno del otro, con la buena pareja de hecho o por la Iglesia que podían hacer. No hay química.
En una magnífica revista, Planeta Humano, me entero de las últimas noticias sobre la producción química del amor. Resumo, un poco a lo bruto. Cuando aparece una persona con determinado patrón se encienden unos neurotransmisores especializados. Los laboratorios del cerebro producen anfetaminas, que causan la excitación. para calmar a estas sustancias se activan otros neurotransmisores compensatorios, lo que explica esa mezcla de euforia y depresión que sigue al flash amoroso. Como la excitación tiene un límite, en algún rincón secreto del cerebro un alquimista enrollado produce entonces unas sustancias opiáceas llamadas endomorfinas, que alimentan ese afecto que llamamos amor. La producción también es limitada: Esto dura unos tres años. Después tenemos que enamorarnos de nuevo, ya sea de la misma persona o de otra.
Todo era más sencillo cuando los sentimientos estaban depositados en el corazón: frente a la complejidad de la reacción química, la artesanía del corazón que late. Hasta la época moderna, el amor se representaba como la unión de corazones. Los amantes se entregaban el corazón el uno al otro, incluso en el sentido literal, lo que dio lugar a algunos romances y cuentos con final bastante gore. Antes de morir en Tierra Santa, el señor del castillo de Coucy pidió a un sirviente que llevase en un cofre su corazón a su amante, la señora de Fayel, junto con las trenzas que ella le había dado en prenda de despedida. Pero el marido de la dama interceptó el envío, hizo cocinar el corazón como si fuese de jabalí cazado y se lo sirvió muy condimentado a la incauta esposa. No es lo mismo, pues, que te coman el coco o que te coman el corazón.
Lo bueno del cerebro humano es que, en el fondo, pasa bastante inadvertido. Cuando alguien nos excita, no da tiempo a pensar: ¡vaya por Dios!, ¿quién encendió otra vez los neurotransmisores? Ni se van contando los días para calcular la fecha de caducidad de la pasión amorosa: ¡qué despilfarro de endomorfinas este verano!; voy a ahorrar unas pocas para el invierno, que viene muy frío.
Es interesante conocer los mecanismos de producción del odio y, más aún, de la crueldad: ese zyclon B, el gas de Auschwitz, que también se segrega en el cerebro humano. Indagar en el pozo oscuro del fanatismo que es incapaz de reconocer la humanidad del otro. Pero del amor, la verdad, lo mejor era no saber nada. No conocer los laboratorios donde se produce esa alquimia. ¿Para qué destriparlo? Disfrutarlo en una frontera intermedia entre la ficción y la vida. Como un cuento escrito por los sentidos. La diseñadora Katherine Hammet no se anduvo por las ramas cuando le preguntaron sobre la naturaleza de la moda: Hasta cierto punto, tanto hombres como mujeres se visten para echar un polvo. Lo que no sabemos nunca es si el polvo es el principio o un punto final.
Manuel Rivas, Mujer en el baño.
Y entonces uno imagina el pequeño cerebro como un inmenso complejo de producción, con miles de alquimistas trabajando en sótanos enlazados por pasadizos, mezclando pócimas en tubos humeantes. ¡Va una de odio! ¡Calentita la cólera! ¡Marchando la resignación! ¡En su punto la perplejidad! ¡Unas gotas de alegría, señor Cerebro!
El amor, por supuesto, también es química. Ya lo dice el lenguaje de la calle: hubo química, funcionó la química... Y lo contrario. Por ejemplo, Aznar y Arzalluz nunca se enamorarán el uno del otro, con la buena pareja de hecho o por la Iglesia que podían hacer. No hay química.
En una magnífica revista, Planeta Humano, me entero de las últimas noticias sobre la producción química del amor. Resumo, un poco a lo bruto. Cuando aparece una persona con determinado patrón se encienden unos neurotransmisores especializados. Los laboratorios del cerebro producen anfetaminas, que causan la excitación. para calmar a estas sustancias se activan otros neurotransmisores compensatorios, lo que explica esa mezcla de euforia y depresión que sigue al flash amoroso. Como la excitación tiene un límite, en algún rincón secreto del cerebro un alquimista enrollado produce entonces unas sustancias opiáceas llamadas endomorfinas, que alimentan ese afecto que llamamos amor. La producción también es limitada: Esto dura unos tres años. Después tenemos que enamorarnos de nuevo, ya sea de la misma persona o de otra.
Todo era más sencillo cuando los sentimientos estaban depositados en el corazón: frente a la complejidad de la reacción química, la artesanía del corazón que late. Hasta la época moderna, el amor se representaba como la unión de corazones. Los amantes se entregaban el corazón el uno al otro, incluso en el sentido literal, lo que dio lugar a algunos romances y cuentos con final bastante gore. Antes de morir en Tierra Santa, el señor del castillo de Coucy pidió a un sirviente que llevase en un cofre su corazón a su amante, la señora de Fayel, junto con las trenzas que ella le había dado en prenda de despedida. Pero el marido de la dama interceptó el envío, hizo cocinar el corazón como si fuese de jabalí cazado y se lo sirvió muy condimentado a la incauta esposa. No es lo mismo, pues, que te coman el coco o que te coman el corazón.
Lo bueno del cerebro humano es que, en el fondo, pasa bastante inadvertido. Cuando alguien nos excita, no da tiempo a pensar: ¡vaya por Dios!, ¿quién encendió otra vez los neurotransmisores? Ni se van contando los días para calcular la fecha de caducidad de la pasión amorosa: ¡qué despilfarro de endomorfinas este verano!; voy a ahorrar unas pocas para el invierno, que viene muy frío.
Es interesante conocer los mecanismos de producción del odio y, más aún, de la crueldad: ese zyclon B, el gas de Auschwitz, que también se segrega en el cerebro humano. Indagar en el pozo oscuro del fanatismo que es incapaz de reconocer la humanidad del otro. Pero del amor, la verdad, lo mejor era no saber nada. No conocer los laboratorios donde se produce esa alquimia. ¿Para qué destriparlo? Disfrutarlo en una frontera intermedia entre la ficción y la vida. Como un cuento escrito por los sentidos. La diseñadora Katherine Hammet no se anduvo por las ramas cuando le preguntaron sobre la naturaleza de la moda: Hasta cierto punto, tanto hombres como mujeres se visten para echar un polvo. Lo que no sabemos nunca es si el polvo es el principio o un punto final.
Manuel Rivas, Mujer en el baño.

2 Comments:
At 7 de octubre de 2004 a las 22:24,
Sandman said…
Vaya con Edda, no solo no pones ningún comentario a mi artículo sino que además colocas tu uno totalmente opuesto al mio ( o al menos desde un enfoque mucho más científico) ¡y encima no es tuyo! te voy a llamar la Ana Rosa Quintana del blog... ;)
At 7 de octubre de 2004 a las 23:36,
Edda said…
Cariño, yo dejo bien clarito que el articulo no es mio. Y deberias agradecerme que haya colgado este post, así pues... tienes más perspectivas del tema. Y no sólo eso, además así puedes conocer a uno de mis escritores favoritos. Un saludo
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